La cabeza abierta
Una persona que escribe está sentada frente a un cuaderno de hojas amarillas colocado en el centro de un escritorio del Ikea y sostiene un bolígrafo de tinta negra que aprieta como si la violencia del gesto aliviara la presión en las sienes que provocan las miles de millones de palabras agolpadas en su cerebro que se niegan a ser extraídas ordenadamente para construir algo bello o siquiera coherente y que como avispas buscan la carne que comer y amenazan con herir con su aguijón los tejidos de forma irreparable por lo cual continúa apretando con la esperanza de que el gesto convoque la palabra acertada la palabra justa que saldrá y orientará a todas las otras hacia el exterior no ya por crear algo bello o siquiera coherente sino por dar salida a eso que se ha generado vete tú a saber cómo y que duele duele duele duele aprieta la mandíbula aprieta el bolígrafo eso tiene que escapar por algún lado y ya no cabe ni una palabra más ni una más siquiera ninguna de todas estas sirve para nada pero se acumulan se muerden unas a otras tú qué haces aquí a mi lado mar sol sonrisa dolor amor historia te echo de menos qué sentido tiene ya nada de esto años meses días horas minutos segundos caricia beso ausente duelo dame la mano búsqueda ya no espejo cristal dormir desaparecer y poco más tarde entonces aunque no lo vemos exactamente podemos suponer o imaginar el momento de la explosión o quizás el golpe propinado por una mano amiga que deja a nuestra protagonista con la cabeza abierta y los sesos desparramados por el escritorio.
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